Flores y Culpa

Una mañana de invierno

El cuerpo sin vida de la señora García colgaba inmóvil de una viga en un lateral del sótano. Al acercarse un doble collar, esparto y púrpura, se hacía visible en el cuello de la malograda. Tenía los ojos cerrados. Un tímido rayo de sol entraba por la única ventana del sitio, dando mayor intensidad a su cabello dorado; parecía haber sido recogido y arreglado para la ocasión. Sus brazos caían escoltando su frágil cuerpecillo. Había perdido uno de sus zapatos, el otro aún aguantaba.

La jueza, mientras escuchaba lo que el inspector tenía que decir, paseaba lentamente por la sobrecogedora escena.

A los pies de la mujer, en una posición más propia de un juego de tetris que de una persona, estaba el esposo. La jueza dirigió sus pasos hacia él. Un ramo de flores marchitas y el banquito que parecía haber sido el arma letal,  no le permitían ver con claridad. Al aproximarse su mirada fue a chocar directamente con la cara del hombre.

-¡Vaya suerte! –comentó en voz alta.
-¿Decía señora jueza?
-Que ya es mala suerte morir golpeado por el mismo banco que su mujer había usado para alzarse a la horca; debió asustarse al encontrar el cuerpo, tropezó y… ¡zas!
-Pues si.
-¿Se ha fijado en la cara de la mujer?
-La expresión, ¿verdad? No hay tensión, no hay dolor, parece una muñequita de porcelana- continuó el inspector –no es habitual en una recién ahorcada.
-Si, esa paz… no sé; se hace macabra en contraste con el horror que transmite el rostro del marido.

Tarde del día anterior

-Aquí tiene las flores que encargó esta mañana Señor García- anunció jovial el conserje de la oficina.
-Gracias, lo estaba esperando para marchar.

Tras agarrar el ramo Juan salió al aparcamiento. Llegó a su coche; un Volvo último modelo; abrió la puerta, colocó el ramo en el asiento del copiloto y subió. Antes de arrancar volvió a mirarlo. Pensó en lo sucedido esa misma mañana: “Joder, ¿cómo he podido volver a hacerlo? le prometí que no pasaría más. Pero es que ella también… ¡es la hostia! ¿no se da cuenta que me pone nervioso con sus cosas? ¡esta mujer! vi como aquel tipo de su trabajo tonteaba con ella. No sé cómo puede negarlo, ¡es tonta o se lo hace! ¡mierda Juan, para, no te calientes! ya has tenido bastante por hoy”.

Sus ojos examinaron las flores que lo acompañaban; se veían frágiles y hermosas: “como María” pensó. Continuó elaborando su justificación durante todo el trayecto: “Bueno, bueno, al menos esta vez me he controlado bastante, nada que ver con la anterior, además ahora si que no se volverá a repetir…”

Cuando llegó a casa empezaba a anochecer. Abrió la puerta y dejó su abrigo en el perchero de la entrada, como de costumbre. Llamó a María, nadie contestó. Al avanzar por el pasillo notó el crujir de unos trozos de porcelana bajo sus pies: “No ha recogido nada, qué desastre, no debí tirarle el jarrón, si no se hubiera apartado a tiempo…” mientras, avanzaba lentamente hacia el salón. “La luz está encendida, debe estar allí, ahora calma, te toca cumplir” se dijo antes de entrar.

No se equivocaba, María miraba por la ventana. Fuera comenzaba a llover, la noche se aventuraba cerrada, las gotas de agua resbalaban por el cristal. Tenía su pelo rubio recogido por un pequeño pasador, Juan no alcanzaba a ver su cara. Comenzó a hablarle desde la puerta ramo en mano.

–Cariño estás aquí, te he llamado varias veces esta tarde.

Algo nervioso, retenido por la culpa, Juan tomó su tiempo para acercarse a ella. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se inclinó para besarle el cuello; ella avanzó antes de que pudiera tocarla con sus labios. María continuo andando de espaldas a su marido, sin prisa, con paso seguro se dirigió a las escaleras que conducían al sótano; tras detenerse un pequeño instante en el borde, comenzó a bajar.

Juan se había quedado junto a la ventana, no sabía que hacer ni que decir. Reaccionó cuando la vio desaparecer escaleras abajo, solo entonces fue tras ella.

Alcanzó a verla desaparecer al adentrarse en la oscuridad del sótano. Juan quedó en el umbral de la puerta, comenzaba a notarse más inquieto.

-María, que haces, joder, esto no tiene gracia, sal de ahí. Se que estás enfadada, pero te juro que no lo haré más; venga deja este juego. Enciende la luz, sal de ahí.

Tras dudar unos instantes la falta de respuesta lo arrastró a entrar. Con la respiración entrecortada y su corazón golpeando cada vez más fuerte se adentró en el sótano. La rigidez muscular enlentecía sus pasos, entornó los ojos y la encontró de frente, esta vez daba la cara. Sintió como su mirada lo martilleaba, fija, sin parpadeo. Juan quedó paralizado, parapetado por las flores que aún no había soltado. Un fugaz rayo de luz lo petrificó. Su esposa, la misma que ahora avanzaba con paso firme y mirada penetrante hacia él, colgaba sin vida de una de las vigas del fondo. Aterrado, sintió como un grito se ahogaba en su garganta, como su corazón se estrujaba con fuerza en el pecho y sus pulmones pedían, con desesperación, un aire que no llegaba.

Un golpe seco fue lo último que se oyó esa noche entre aquellas paredes. María quedaba mecida en un ligero balanceo; mientras a sus pies se dibujaba un charco de sangre y la belleza de unos pétalos de flores se retorcían en la agonía de una muerte prematura.

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Volveré…

Volveré…

Tardaste unos segundos en encajar cuerpo con alma la primera vez que me oíste. Poco a poco conseguí vencer tu recelo inicial. Absorbí tus pensamientos, trepé por tus sueños, me instalé en lo más profundo de tu ser. Trabajé tu voluntad a mi antojo, los que te conocían desconfiaban de la persona que yo había conseguido forjar.
Intentaron separarnos. Las órdenes de alejamiento impuestas no funcionaron, en forma de virulentos choques regresaba a ti aprovechando los resquicios del descuido.

Las paredes de tu cuarto se convirtieron en nuestro mejor refugio. A tu familia le molestaba que riéramos a carcajadas, que habláramos largo y tendido hasta altas horas de la noche. No soportaban verte en mis brazos. Tu madre añoraba aquel niño que se dejaba sobreproteger, que lloraba en su regazo el desprecio de los otros. Ahora no necesitabas buscar ese calor, eso la corroía, la mataba. Ahora ese lugar lo ocupaba yo.
Sin prisa fui urdiendo nuestro plan de venganza. Tendría que convencerte, a ti te tocaba ejecutarlo. Los siguientes meses me dediqué a tejer la idea en tu mente; como siempre, lo conseguí.

El día había llegado. Un golpe en la puerta nos avisó de su llegada. Tú ya la esperabas detrás de la puerta. Cuando el pomo acabó de girar la silueta de tu madre comenzó a dibujarse al otro lado. De un golpe seco, alentado por mi orden, la agarraste por el cuello. Yo quedé envuelta en mi halo de ego, retorciéndome de placer al tiempo que ella lo hacía de dolor. ¡Eras mío cuando hundías tus dedos en su piel! ¡Eras mío mientras su cara se retorcía de agonía! ¡Mío! “¡Aprieta más fuerte, más!”, le gritaba.

Aún absorta en mi proeza la oí pronunciar tu nombre. Mi regocijo no me dejó ver cómo alguna lágrima que había empezado a caer por su mejilla mojaba uno de tus dedos, que su mirada había conseguido llegar a la tuya. No me percaté de que aquel dedo había empezado a titubear, el resto parecía mirarle con ganas de imitarlo.

Fue tarde cuando me di cuenta que tu mirada había cambiado. Entonces enloquecí, “¡Hijo de puta!, ¡no la sueltes!, ¡cobarde de mierda!, ¡tendrías que morir tú! ¿¿Me oyes??” Saliste corriendo hacia donde pensaste sería un lugar seguro. Maldito ingenuo. Te conocía tan bien que no tenías escapatoria. Seguí torturándote, mientras quedabas agazapado en un rincón, con las manos apretando tus oídos, temblando, con los ojos hechos puños. “¡No mereces vivir, atorméntate con esto, te acabaras matando!” Cuando vinieron a separarnos de nuevo no encontré en ti al aliado de otras veces, te dejaste hacer, me chillaste para que callara, para que te dejara en paz, ¡a mí!. ¿Y ella? “¡Déjalo! ¡no lo toques! ¡es mío! ¡eres mío!”

Ahora yaces atado en una cama de hospital, los dos podemos oír cómo un doctor, un ser nacido para creerse un dios, pregunta por mí. Mientras, tú repites mi nombre sin parar. La enfermera, al tiempo que va cargando algo de medicación, se dirige a mí como alucinación, habla de delirio, voces, echa la culpa a aquellas pastillas que te prohibí seguir tomando, aquellas que te recetó aquel otro médico, aquellas que a punto estuvieron de alejarme de ti, de separarnos una vez más.

Haciendo un movimiento seco veo como clava la aguja en tu glúteo. Aspira, el émbolo continua inmaculado. Sin prisa, suavemente, comienza a administrar la medicación antipsicótica. Ahora, mientras ese líquido atraviesa tus fibras yo me debilito, pero si aún puedes oírme, recuerda esto: volveré, volveré, volveré…

Relato publicado en la Antología “Cuentos diVersos”, 2011

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